ARTE DE PRIMERA CALIDAD PRODUCIDO EN ESPAÑA
Mouliner es una de las voces jóvenes de Cuadros Sils, y quizá la más inquieta. En su estudio conviven lienzos que parecen de pintores distintos —y esa es precisamente su firma: no repetirse jamás.
Hay en su obra una vertiente puramente plástica: paisajes abstractos construidos por capas translúcidas que se superponen como estratos de memoria, y composiciones gráficas rotundas donde una sola forma negra, casi un ideograma, ocupa el lienzo con la contundencia de una escultura. Son piezas de una economía extrema, donde cada decisión pesa.
Pero el Mouliner más personal aparece cuando entra la figura humana. Siluetas anónimas construidas con collage de prensa, rostros que emergen entre brochazos de tinta y grisalla, retratos serenos interrumpidos por geometrías que parecen pensamientos en órbita. Son imágenes con carga simbólica —la identidad, la mirada, lo que se dice y lo que se calla— resueltas siempre con un dominio notable del blanco y negro, su territorio cromático natural, puntuado aquí y allá por un acento de rojo que lo cambia todo.
Esa doble condición —pintor de gesto y pintor de ideas— hace que su obra funcione en registros muy diferentes dentro de un proyecto: puede ser la pieza serena que acompaña un espacio despejado, o la que introduce tensión narrativa en un vestíbulo, una zona de paso o un ambiente que necesita carácter. Quien se detiene ante un Mouliner suele quedarse un rato más de lo previsto.
Trabajar sin fórmulas tiene un precio y una recompensa: cada lienzo es un riesgo asumido. Mouliner lo prefiere así —para él, un cuadro solo merece la pared si antes le ha planteado una pregunta al pintor.
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